lunes, 16 de marzo de 2009

Gretchen

Margarita terminaba de leer los ensayos de Montaigne...
Llegó Mefisto con la apariencia de Fausto.
Se acostaron y estuvo exquisito.

Ella descubría otra parte de sí misma.

Estaba enamorada.
Como muchas.

Como pocas.

Valentín había muerto.
Margarita, a labial corrido y ojera pronunciada,
fuera de sí, a Fausto-Mefisto:
“Anoche aborté a tu hijo.
Y mientras sigas siendo el mismo errante pelotudo,
te aborto a vos también”.

(Era amor.)

Dio media vuelta y se perdió, más allá de Walpurgis,
por la tierra a la que nuestro héroe
tardaría mucho en llegar.

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